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En ocasiones me siento Heidi


Solo que yo las cabras las encuentro por la carretera mientras voy en el coche.

Domingueros

Además de "vivir" en un pueblo, vivo en un pueblo de la sierra madrileña. Esto es, que mientras los fines de semana yo me dedico a viajar hasta la capital (osease, la civilización) el resto de la población de la capital se dedica a subir a mi pueblo en busca del aire puro que no tiene Madrid. Sumando a que la carretera que lleva a mi casa es camino de procesión religiosa, ermita, parque, chalets y buenas vistas, salir un domingo se convierte en un reto.

La carretera está copada por los ciclistas, que llevo toda la vida pensando que son unos suicidas, porque que me cuenten a mi si no se pueden ir a pedalear a zona con más curvas y menos seguridad. Os aseguro que no son ni uno ni dos, un domingo por la mañana no he terminado de adelantar a uno cuando ya estoy viendo a otro.

La gente que camina por los laterales de la carretera tampoco se tiene mucho aprecio a si misma. Cruzan en donde menos visibilidad hay (el chiste es que un par de metros después tienen un paso de cebra) y van sin mirar y sin controlar al perro/niño/bicho irresponsable que traen consigo.

Por si fuera poco los coches tampoco van muy inspirados. Entre el abuelo que va haciendo zigzag porque no ve y el que juega al rally vete tu a saber porque puedes esperaste cualquier cosa. Sin olvidar a las estrellas del asfalto, quarks y motos, alias "molo y por eso voy como me place".

¿En serio los sábados por la noche son el punto negro de las carreteras? Será que los domingos por la mañana Dios escucha las misas, se siente culpable por tocarse tanto el pie y nos protege a todos un rato, porque sino no me lo explico.

El jardín de los enanitos


Lo que se puede encontrar paseando por la calle.


Casas típicas

Adentrada de lleno en el Valle de Sanabria, en la Sierra de la Culebra, más cerca de Portugal que de España (al menos de la España de nuestro siglo), entre los lobos, las gallinas, y los campos sembrados existe un pequeño pueblo de no más de 181 habitantes.

Pero no es de ese pueblo exactamente de lo que os voy a hablar. Sino de la casa en la que duermo cuando voy allí. Llena de polvo, con un corral descuidado que posee una gallina loca, superviviente a meses de ausencia de mis abuelos, la presencia de escaleras y cutres cuadros religiosos compiten por hacerse notar entre puertas, ventanas y paredes hechas tan a mano como los primeros años del último lustro del pasado milenio permitieron.

Mi habitación es probablemente la que más llama la atención, pues carece de nada que pueda entrar en este siglo, y cuando la ocupo mi macbook parece de lo más ridículo sobre una cama hecha de hierro forjado negruzco y aparentemente débil. El colchón parece repleto de piedras en su interior, y los muelles hacen un estruendo increíble al mínimo movimiento. En el cabecero, la Virgen María, que tapa un agujero en la pared (al parecer los cuadros en las casas antiguas tenían la utilidad de tapar meteduras de pata).

¡Pero no es lo más emocionante de la habitación! Aún recuerdo un tormentoso día de julio cuando desperté en plena noche con la cama llena charcos, uno de ellos en mi cabeza. Goteras, claro está, cómo no lo pude imaginar.

En esa habitación he dormido cuando visitaba mi pueblo desde que tengo memoria, y cuando no lograba conciliar el sueño miraba al techo de madera veteada, e imaginaba que las manchas eran monstruos horribles.

¡Es real!

Cuando uno escucha a los políticos decir que hacen tal y cual ley, y que esto nos dará tal y cual cosa, resulta gracioso verlo aplicado en la calle. Desde aquella polémica ley que retiró el tabaco de todos los centros de trabajo y unos cuantos de ocio, no recordaba vivir la aplicación de nada tan de cerca.

Pero el otro día, yendo hacia la biblioteca me tocó bajarme del autobús a mitad de camino porque la calle principal estaba cortada por obras. Así que me puse a andar calle arriba, cuando me encontré con la calle en obras y el típico cartel que dice de donde sale el dinero para las mismas y que obra se hace exactamente. Qué sorpresa la mía al descubrir que los fondos que la financiaban eran los del Fondo de Inversión Local para el Empleo, esos que hace unos meses anunciaba Zapatero como medida estrella ante la crisis.

La pena fue descubrir que la obra no era para arreglar la calle (que buena falta le hace), sino para soterrar los contenedores de basura, que no es otra cosa que levantar el suelo y meter los cubos bajo tierra, algo que sinceramente, no veo tan importante y necesario. Pero bueno, así es Colmenar Viejo, de cada tres cosas que se hacen, una es útil y el resto son tonterías en el mejor de los casos, y ataques contra el ciudadano en el peor.

Abro sección/etiqueta para este y otros pueblos de mi alrededor, que son un caso aparte de la sociedad y geografía españolas, para bien y para mal.