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La pequeña Hepburn


An education me ha sabido a té con galletas de chocolate. A esa mezcla de tarde de verano tormentosa, donde no sabes si disfrutar del olor a lluvia o sufrir el calor sobre tu cabeza. Una mezcla fascinante de si y no decorada con estilo francés.

Carey Mulligan es toda la película. Su mirada limpia, brillante y delicadamente maquillada, su pelo ordenado o no, su cuerpo en cualquier uniforme o en el mejor vestido son escena tras escena lo que te emboba en la pantalla preguntándote, ¿se puede ser más bonita? Peter Sarsgaard hace su papel, seduce con sonrisa pícara y nos lleva a un viaje al que nadie diría que no, pues conquistar es su arte y ser conquistado un vicio.

El viaje se torna delicioso, hedónico, musical, artístico y literario y cumple nuestros más preciados sueños. Pero como siempre llega la hora de volver a casa y ella nada cambia. ¿Somos quizás un poco más sabios? Que los guionistas me permitan dudarlo en este caso.

Y no hay más. Creo que merece la pena verla por eso, por verla. Quitad el sonido cuando hablen, que más da lo que dicen sobre la responsabilidad, el esfuerzo, la vida y la pasión. Mirar a Jenny vivir (que no estudiar) es lo verdaderamente apasionante. El final no le importa a nadie.

Tiana y el Príncipe

Había oído tantas halagos para "Tiana y el sapo" que me moría por saber si realmente Disney iba a dejar de estafar a las niñas realmente, o lo de la princesa independiente era una artimaña publicitaria. Segundos después de terminar la película, os voy a lanzar el spoiler y la realidad: una vez más, Disney enseña la lección equivocada.

No sé quién es el genio que se creía que el error de las películas Disney era decirle a las niñas que el único objetivo en la vida debía ser casarse con un príncipe. No digo que no sea ese el error, pero es que hay mucho más junto a esa idea y todo ese mucho más está aún en Tiana. Es una princesa pobre con sueños, lucha por ellos, cree que el trabajo es lo esencial y no está interesada en buscar marido como su antagonista (Lottie), pero, la moraleja de la historia es: lo que necesitas, no es lo que quieres, lo que quieres es un restaurante, lo que necesitas es UN PRÍNCIPE. Tiana se casa con el príncipe (que por cierto de la noche a la mañana pasa de mujeriego a enamorado, otra terrible lección para las niñas: enamórale y cambiará) y únicamente consigue su restaurante cuando se ha casado y él (aquel tipo vago que no sabe mi picar una seta) la ayuda.

Dejarme que me ría. La princesa será negra (tras 45 años desde la aprobación de los derechos de los negros en EE.UU. creo que ya era hora, no celebremos algo que llega MUY tarde), la princesa querrá un restaurante y la princesa querrá trabajar, pero la realidad es que hasta que no tiene al príncipe no logra nada de eso y que todo el mundo la dice que debe tener un príncipe a su lado. Me siento tan estafada. Nada cambia en este mundo de valores superfluos e irreales, las niñas seguirán muriendo por un príncipe, sin saber que los príncipes no existen.

Transgresión

Acaban de dejarme un comentario que me ha recordado algo. Fui hace un tiempo a ver la película sobre la relación homosexual de Dalí y Lorca, Little Ashes, en España se llamo Sin Límites.

Confesaré, que la película, en especial el comportamiento estrambótico de Dalí, me llamó la atención y me descolocó en algunas escenas. La relación está bien reflejada y Lorca está maravillosamente interpretado, pero no es el tema.

La cuestión es que Dalí, se salía del tono en todo momento. La locura, era su camino, incluso fuera de la legalidad, del sentido común y de su buena imagen. En una de las escenas, Dalí le dice a Lorca que había que traspasar los límites. Y me pregunté si para ser un genio había que estar loco. Si para triunfar, para hacer grandes cosas, había que salirse de los límites, de las normas, de las leyes. Si todos los genios viven atormentados, si realmente se puede mostrar genialidad entre tanta desgracia, y, sobre todo, de qué vale ser genio si no puedes disfrutarlo. Qué raro es el mundo.

Un Oscar para la felicidad

¡Qué bonita es Slumdog Millonaire! De verdad, qué bonita.

Siempre odio las películas de los Oscars. Recuerdo El Aviador, que se me hizo eternamente aburrida, con ese Leonardo Di Caprio que quería ser algo más que una cara bonita. Tampoco puedo olvidar la tan desagradable y pesada Brokeback Mountain, que se pasó con el drama hasta provocarnos el sueño, y cuyas escenas de sexo no tenían nada de morbosas, sino todo lo contrario. Incluso El Curioso Caso de Benjamin Button, a pesar de lo bien hecha que estaba, me acabó cansando.

Pero ayer, ante la pantalla de unos cines en versión original, abrí la boca de asombro una y mil veces con Slumdog Millonaire. Voy a intentar no espoilear demasiado, pero si alguno la quiere ver, le recomiendo que deje de leer por si acaso, y se vaya aquí o al cine más cercano.

La historia (y que la película tenga argumento ya es importante, pues las hay sin él) ya de por sí es original. Un chico hindú, pobre y sin educación en el concurso de televisión más famoso del mundo (¿quién no conoce ¿Quién quiere ser millonario??), va acertando pregunta tras pregunta, y nos va explicando cómo logra acertarlas, tratando de defenderse de una acusación de trampas.

Muestra la vida mísera y desgraciada, pero desde un punto de vista feliz, divertido y pícaro, de ese chico que antes fue un niño huérfano que junto con su hermano se busca la vida como puede. En medio, una preciosa historia de amor, una banda sonora brillante y un montaje novedoso. El final, bailecito bollywoodiense incluido, simplemente perfecto. Os la dejo muy recomendada, porque a mí, me encantó.

Posdata: Debo confesar que cuando los premios eran mucho dinero (50 kilos -de pesetas- ya no es nada, por desgracia), yo era fanática perdida de ¿Quién quiere ser millonario? y de Carlos Sobera (¡Qué gran presentador es ese hombre!). Por tener tengo hasta el juego de mesa.

Cuando Hollywood quiere ser Wollywood

Más películas. Dos al precio de una: Quemar después de leer y Revolucionary Road. Cada cual más mala. Os voy a fastidiar el argumento, así que si las queréis ver, no sigáis.

Cada año sale alguna película americana sin argumento, sin principio ni fin, sin gracia y sin sentido alguno. Y no, no es una comedia tonta, sino un drama absurdo y aburrido, en el que con mala suerte sale sangre, algún asesinato desagradable y un final inconcluso en el que dices “Ok, ¿qué vi?” Por fortuna por estas no pagué.

No entiendo porque el cine americano intenta ser lo que no es. Las películas son lineales y simples, pero correctas y entretenidas. A mí me gustan las películas americanas, y si quiero ver algo complicado, sin sentido y desagradable, pues me pongo cine europeo. A veces lo hago, pero desde luego no me gustan las sorpresas y si me pongo una peli con George Clooney y Brad Pitt, espero que me hagan reír y no quien sabe que cosa en la que uno acaba corrido a tiros por el otro. Si seguimos así, no sé que será de mis aburridas noches.

Real Love

Ayer por la noche, como es habitual en mí, me vi una película. Y como es habitual en mí, era romántica.

Yo, como buena Chica Disney que soy (ese término que leí en algún lado y que define a aquellas que nos educamos en el amor con Disney, haciéndonos creer para toda la vida que existe el príncipe y demás tonterías), adoro las películas románticas. Esas en las que siempre hay un beso al final, y un montón de imposibles que se vuelven posibles: desapariciones de ex horribles, bodas canceladas, aviones parados, cosas imperdonables perdonadas... En definitiva, esas cosas con las que sueño yo por las noches, a pesar de que sé que solo pasan en las películas.

La de ayer no tenía una filosofía distinta, al final hay beso. Pero la historia comienza con una filosofía distinta. La chica, está prometida con un chico perfecto y ha escrito un libro, llamado Real Love (Amor Real). Su idea, la que presenta a todas sus oyentes a través de la radio, es que el amor romántico no existe, que los príncipes azules sólo están en Disney. Les aconseja que se acerquen a alguien responsable, generoso/a y que les comprenda; y que no se dejen llevar por amores fugaces y pasionales, porque sólo les traerán problemas. ¡Qué mujer tan sabia! Vale, vale, parece muy obvio... ¡Pero es que ella misma acaba dudando! No os contaré que decide, pero os diré que podéis bajarla aquí y que se llama The Accidental Husband (Marido por Sorpresa).

No termino yo aquí, porque ya era hora de que hablara del amor, y como me he puesto, pues ya terminaré. Creo en la pasión, en la atracción y en el deseo, creo en gran medida y los veo necesarios para el amor, pero no creo que el amor sea eso. El amor es trabajo. ¡Sí! Menuda teoría romántica. Pero uno aprende a amar poco a poco. Descubre alguien que desea, que le atrae, y dedica sus pensamientos a esa persona, hasta que, si resulta que realmente tienen cosas en común, la ama. Así, al menos amo yo. Me cuesta llegar a amar (que no querer), le tengo que poner ganas. Por desgracia, olvidar un amor me cuesta el triple. Es más, a veces dudo de que llegue a olvidar de verdad. Pero no es la historia.

No busco, no encuentro. Simplemente lucho. Lucho por salir del cuento, por olvidar a mi príncipe, por mirar al frente y por poder ver la realidad. Aunque a altas horas de la noche, el sueño me vence.

Mi Disney

Estoy tontamente romántica hoy, y he recordado mi película Disney favorita. No es que sea fan de la compañía, pero aquella que me tocó de niña, fue, sin dudas, La Bella y La Bestia.

Recuerdo vagamente cuando mi madre me llevo al cine a verla, que el final me daba miedo verlo, y me tapé los ojos. Recuerdo con todo detalle, que un carnaval me quise disfrazar de Bella y mi madre me hizo un precioso vestido amarillo que me puse durante años y años para cenar, hasta que ya no me valía.

Y ahora, cuando escucho la canción principal, me emociono. Es cursi como ella sola, pero es tan tan bonita, y con esa moraleja tan genial, que nadie se aplica, que me fascina.