Mostrando entradas con la etiqueta La dura vida del no encontrarse. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La dura vida del no encontrarse. Mostrar todas las entradas

Querido Dios

Eres mi favorito. Tú, y coño, sois aquellos que me acompañáis en la eternidad. Te pido aquello que no puedo controlar, eres mi suerte. Te llamo cuando cuando algo me asombra, me asusta o me da rabia. Eres mi confesor.

Siento la divinidad corriendo por mis venas. En hormonas, el aire, en agua, en letras. Todo libre, todo loco, todo paraíso, todo eterno, todo cielo. Todo superior.

Pero no creo en ti. No creo en ti porque no. Porque no respondes a nadie. Porque hay mil cosas que no controlas. Porque no eres omnisciente ni omnipotente. Porque eres igual que yo. Y si eres igual que yo, no eres. No creaste, no hiciste, no fuiste. No existes.

Aquello que es bueno, como aquello que es malo, es fruto del azar. Eres una palabra maravillosa. Mi recurso favorito. No existes más que en cuatro letras, pero... ¿acaso hay mejor existencia que esa?

30 defectos

¡Qué vivan las listas! Ando rara, propongo jugar a la auto flagelación (?) [el que me siga en fotolog ya leyó uno parecido una vez].

1. La responsabilidad universitaria no es mi fuerte.
2. Soy vaga, hasta cuando ser vaga puede traerme consecuencias terribles.
3. Soy maniática, las cosas más tontas me molestan.
4. Soy sucia, no hay cosa que haga menos en este mundo que limpiar.
5. Pero gastar agua se me da genial, me baño siempre, en vez de la ecológica ducha.
6. Soy una cobarde, cuando algo va a traer problemas no lo digo fácilmente, me callo.
7. Soy una obsesa, se me meten imposibles entre ceja y ceja y no paro de darles vueltas.
8. Soy una metiche, todo me interesa y lo quiero saber, y luego me monto mis películas.
9. Me molesta cuando otro sabe más que yo, y me mato por averiguar como pasó eso.
10. Amo comer mucho y mal, lo hago constantemente, soy adicta a comer fuera de casa.
11. Conozco perfectamente ese defecto y no me da la gana arreglarlo.
12. Y sigo comiendo lo primero que encuentro, sólo por aburrimiento.
13. Y no hago ejercicio, para arreglarlo más.
14. Y como colofón me paso la vida aquí tirada frente al ordenador.
15. Conclusión: mi salud me importa poco.
16. Soy rencorosa, perdono, pero no suelo olvidar.
17. Soy cabezota, si quieren pisarme, respondo más fuerte, jamás cedo, solo por amor.
18. Me creo que sé cantar y voy por ahí cantando como si fuera Pavarotti.
19. Presumo de lectora, pero ya casi no leo nada, porque cuando un libro no me gusta, lo abandono, y ya casi no hay libros que me gusten.
20. Soy antipatriótica, odio mi país, sus tradiciones, su cultura... Jamás me he sentido española.
21. Gasto muchísimo dinero por tonterías, no ahorro nada.
22. Soy caprichosa, si algo quiero, aunque ya lo tenga parecido o sea una chorrada, me mato para tenerlo.
23. Tengo un montón de prejuicios absurdos hacia la gente que considera divertido emborracharse.
24. Soy muy controladora, yo hago, yo manejo, yo ordeno, y si no es así, me pongo enferma.
25. Amo conducir rápido, todo sea que un día me traiga problemas.
26. Hago caso a gente que me habla por rutina, pero no me interesa nada de lo que dicen, ni hacen.
27. Soy una histérica.
28. Adoro a cierta gente hasta la locura.
29. Soy radical con muchas cosas, o me odio, o me amo, o tengo yo toda la culpa, o no la tengo.
30. Pero siempre yo yo yo yo.

Real Love

Ayer por la noche, como es habitual en mí, me vi una película. Y como es habitual en mí, era romántica.

Yo, como buena Chica Disney que soy (ese término que leí en algún lado y que define a aquellas que nos educamos en el amor con Disney, haciéndonos creer para toda la vida que existe el príncipe y demás tonterías), adoro las películas románticas. Esas en las que siempre hay un beso al final, y un montón de imposibles que se vuelven posibles: desapariciones de ex horribles, bodas canceladas, aviones parados, cosas imperdonables perdonadas... En definitiva, esas cosas con las que sueño yo por las noches, a pesar de que sé que solo pasan en las películas.

La de ayer no tenía una filosofía distinta, al final hay beso. Pero la historia comienza con una filosofía distinta. La chica, está prometida con un chico perfecto y ha escrito un libro, llamado Real Love (Amor Real). Su idea, la que presenta a todas sus oyentes a través de la radio, es que el amor romántico no existe, que los príncipes azules sólo están en Disney. Les aconseja que se acerquen a alguien responsable, generoso/a y que les comprenda; y que no se dejen llevar por amores fugaces y pasionales, porque sólo les traerán problemas. ¡Qué mujer tan sabia! Vale, vale, parece muy obvio... ¡Pero es que ella misma acaba dudando! No os contaré que decide, pero os diré que podéis bajarla aquí y que se llama The Accidental Husband (Marido por Sorpresa).

No termino yo aquí, porque ya era hora de que hablara del amor, y como me he puesto, pues ya terminaré. Creo en la pasión, en la atracción y en el deseo, creo en gran medida y los veo necesarios para el amor, pero no creo que el amor sea eso. El amor es trabajo. ¡Sí! Menuda teoría romántica. Pero uno aprende a amar poco a poco. Descubre alguien que desea, que le atrae, y dedica sus pensamientos a esa persona, hasta que, si resulta que realmente tienen cosas en común, la ama. Así, al menos amo yo. Me cuesta llegar a amar (que no querer), le tengo que poner ganas. Por desgracia, olvidar un amor me cuesta el triple. Es más, a veces dudo de que llegue a olvidar de verdad. Pero no es la historia.

No busco, no encuentro. Simplemente lucho. Lucho por salir del cuento, por olvidar a mi príncipe, por mirar al frente y por poder ver la realidad. Aunque a altas horas de la noche, el sueño me vence.

Gorda - Segunda Parte

¡Ya era hora! Os recuerdo que todo tiene un cómo y un porqué, y mi idea del porqué está aquí. Pero, porqué cambiar, fue lo que alguien preguntó cuando hablé de porqué se está gordo. Y entonces le respondí que le faltaba el cómo, el cómo es ser gordo.

Y es que lo siento mucho si alguno se compadece de mí, pero ser gordo, gordo de verdad, no de esos que se miran y dicen "Uy, me sobran unos kilitos" es una mierda. Y mucho más, nacer gordo.

Diré un tópico, pero en el colegio se meten contigo. Te miran con asco, se ríen de ti y no le gustas a ningún chico. Mientras todas las chicas encuentran sus primeros novios, tu escuchas como tu mejor amiga (si, la delgada) te cuenta como la besa el chico de tus sueños (ese que hoy toca en una banda pop de éxito).
Ir de compras es un suicidio para el ánimo, pues aunque te gusta este y el otro pantalón, no te entran ni te entrarán ni en una oreja. Y además siempre te eligen la última en los equipos de gimnasia (otro tópico, lo sé). Creo que no os cuento nada nuevo.

Voy a ponerlo más rencorosamente interesante. Tu padre te llama foca monje, y te dice que como sigas así no vas a entrar por las puertas. Tu madre te pone a dieta una y otra vez, esperando que no te la saltes nada más salir por la puerta. Tú lo intentas, pero ver que todo el mundo come duele mucho, así que caes una y otra vez. De todas formas adelgazas, lento, pero adelgazas. Te ves bien y todo. Pero echas de menos las bolsas de 3D. Te dicen que puedes comer de vez en cuando, y como "de vez en cuando" suena tan relativo, a la semana ya no hay dieta.

Sueñas con irte de casa y autoorganizarte para adelgazar, porque cómo lo organiza tu madre no te gusta. Sueñas con ser modelo de pasarela y tener un novio dulce. Pero abres los ojos y sigues tu solo y enorme. Y con el tiempo, asumes que nunca nada va a cambiar. Aunque en tu futuro con una gran casa, un gran trabajo y un gran novio, no sabes porque te sigues viendo delgado. Y a tu madre y a tu padre felices.

Pero sabes que el peso no da la felicidad. La pizza cuatro estaciones por el contrario, sí.

Familias

Todo el mundo, de un modo u otro, la tiene. Unos las tienen muy grandes, otros pequeñas. Otros las adoran, otros las odian. Las familias, que nos educaron, y que estuvieron a nuestro lado cuando no nos valíamos por nosotros mismos, los marcan de por vida.

Yo, como buena adolescente (a pesar de que me queda cada vez menos de teen), no puedo soportarles más. Me quieren, no lo dudo, pero a la vez me controlan, me censuran, y sobre todo me juzgan. Me juzgan tanto que ya no queda nada en mí a salvo para apreciar, ni ningún lugar al que huir. Quedo yo, toda la mierda que soy, y, como no, ellos.

Me pregunto cómo acabará esto. Mal, seguro.

Gorda – Primera Parte

Esta será, quizás, una de las entradas de mi vida. Como aquella vez que hablé en mi space del egocentrismo (mis ideas quedaron totalmente aclaradas, aunque no solucioné el problema, pero esa es otra historia…). Y como lo grande (¡Ja! Empiezo bien) debe tener su espacio, dividiré la entrada en dos. La del porqué (que será esta) y la del cómo (que será otra, lógicamente). ¿Nunca escuchasteis que todo tiene un cómo y un porqué? Bueno, quizás es que no era exactamente así, pero da igual, voy a tema.

Porqué. ¿Porqué algunas personas están gordas? ¿Porqué si les disgusta no hacen nada para remediarlo? ¿Porqué es tan difícil remediarlo? ¿Se debe remediar? ¿Qué se espera del remedio? Puffff, mucho para empezar.

Hay personas que una vez fueron delgadas, pero esta vida tan dura de comidas rápidas, embarazos, televisión, ordenadores, sabrosos hidratos de carbono y coches, las convirtieron en gordas. Con suerte, antes de que eso pasara ya habían cazado una o varias parejas, habían vivido la vida, y su actual ocupación no requería de un gran físico más allá de caber por las puertas y no odiarse a uno mismo.
Pero, vamos con el otro lado de los gordos, los gordos por genética. Esos que tienen padres gordos, hermanos gordos, tíos gordos, abuelos gordos, y demás parientes gordos, y que por lo tanto, al nacer tuvieron que unirse al clan. Esos lo tienen peor, porque no saben lo que es ser delgado, y, con un poco de mala suerte, van a sentirse muy mal a lo largo de su vida. Pero eso es cosa del cómo, así que la dejo.

¿Y toda esta gente gorda? ¿Qué pasa con ella? ¿Les gusta estar así, son felices, se quieren? Con un poco de suerte, sí. Sobretodo si son gordos tipo uno, y añado, aunque debo decir que no creo que sea del todo cierto, más si son hombres del tipo uno. ¿Qué importa ser gordo cuanto tienes más o menos todo lo que necesitas en esta vida y además el canon de belleza no va contigo? Si son mujeres, probablemente les cueste más, ya que da igual los años que tengas, que no entrar en el vestido de cuando tenías 20 te dolerá mucho. No conozco muy bien el tipo uno. Creo que intentan hacer dietas si están a disgusto, adelgazan, quizás se mantienen un tiempo, pero cuando el tiempo sigue pasando, vuelven a engordar, porque total, para los años que nos quedan, disfrutemos de la comida no sea que nos muramos sin probar el último tipo de bombón que salió al mercado.

Pero vayamos al tipo dos. Nacieron gordos, vivieron gordos, y muy a su pesar, cuando dieron el famoso “estirón” adolescente no adelgazaron nada de nada. Os voy a contar un secreto, ahora que los idiotas que no les gusta leerme se quedaron en el tercer párrafo: Yo soy gorda del tipo dos. Si señoras y señores, así me lo han demostrado parientes cercanos, espejos y desconocidos por la calle. Y no, no tengo el síndrome de “soy mujer y siempre me veré gorda porque tengo paranoias mentales” (esas existen, os lo digo yo, que las he oído). Soy gorda de las autenticas, de las que les pesa el culo al subir escaleras.

Bueno, dejo ya de hablar de mí. ¿Por qué no hacen dieta los gordos, si no les gusta ser gordos? (añado lo último por si alguien es tan sumamente hipócrita como para decir que le gusta ser gordo, yo no le voy a creer, pero oiga, si se lo quiere creer bien por él) ¿Tan difícil es adelgazar? Pues mira tú que sí, que lo es. Ya sea con dietas inútiles de revista femenina (esas que tienen nombres de frutas y verduras y requieren inflarse a las mismas y luego ayunar como idiotas) o con un endocrino caro detrás de ti (malditos sean esos médicos), adelgazar lleva consigo un sacrificio muy duro, puesto que te limita uno de los mayores placeres de esta vida, comer. Comer, que en esta sociedad de consumistas ha dejado de ser simplemente una necesidad, para convertirse en un vicio más, no consiste en frutas, pescados y verduras, por muy ricas que estén (y no es irónico, a mi personalmente las verduras y las frutas me encantan, pero ni os molestéis en quitarme el hambre con eso), sino que consiste en azúcar, proteínas e hidratos de carbono. Y todo eso, engorda. Y como engorda, si quieres adelgazar, debes comer muchos alimentos que no quitan el hambre y pocos de esos que la quitan. En conclusión, si quieres adelgazar, vas a pasar hambre. Se puede pasar hambre un tiempo, claro que sí, sufrirás como un idiota, pero adelgazarás. Pero ¿y esa realidad tan horrible llamada “mantenerse”? ¿Vas a pasar hambre toda tu vida? Sólo de pensarlo me dan ganas de comer chocolate. Ale, ya hemos roto la dieta y volvemos a ser unos gordos tipo dos, de esos que si quieren ser delgados van a tener que pasar hambre de por vida.

Pero como me está quedando la entrada corta, vamos a retorcerlo más. Si tanto odia uno ser gordo, ¿porqué no hace el esfuerzo? ¿no merece la pena? Desde luego, la respuesta es no. Cuando un gordo adelgaza se cree que todo va a cambiar. Que su vida como delgado será perfecta, que todo el mundo le querrá y que todas las prendas de ropa le sentarán bien. Lo cual es una absurda mentira.
Por otro lado, es muy dicho, y puede ser cierto, que los gordos tienen un problema con la comida. Cuando algo sale mal, comen. Al adelgazar, no saben enfrentar el problema de otra forma y ya no sólo pasan hambre, sino que además no encuentran consuelo a ninguno de los problemas que les plantea la vida. Y esto no quiere decir que no sepan arreglar un problema, simplemente que el consuelo es la comida, el primer abrazo, el método para relajarse y pensar una solución ya. Quieren un abrazo, pero cómo a todos los seres del planeta les pasa, no siempre tienen quién se lo dé. Cómo gorda que soy, y como ser humano con el descaro suficiente como para pedirte algo encima que llegaste hasta aquí y leíste todo lo anterior, te tengo una pregunta, sobre todo si eres delgado, ¿cuál es tu consuelo? Porque igual hasta sale más barato que el mío y todo.

Historias de colores

Ayer fui a una obra de teatro que hacen los niños discapacitados del colegio donde trabaja mi madre. Suelo ir todos los años, no se porqué, son obras infantiles, pero muy bonitas, así que siempre voy. Pero este año, se llevo la palma.

La historia se llamaba El niño que tenía dos ojos, y era sobre un niño que, en un planeta donde todos tenían un sólo ojo mágico que veía a través de los objetos, en la oscuridad y demás magias; él tenía dos ojos, exactamente como los nuestros. Contaban como le rechazaban todos, como era un poco torpe y, como pensaba que por esa razón nunca podría servir para nada.
Pero al final, el niño descubre que, a diferencia del resto, con sus ojos ve todo lleno de colores. Y desde entonces, contaba las mejores historias, y todos le escuchaban.

Yo, que llevaba unos días haciendo bola de complejo, me di cuenta por fin, de que quizás no podré escalar grandes montañas, ni desfilar en las mejores pasarelas; pero, mis historias, siempre serán las mejores, porque están llenas de colores.

Tendencias Suicidas

A veces decimos que nos queremos morir. A veces, incluso, no somos capaces de convencernos de que no, de que realmente no queremos. A veces, nos escondemos entre las mantas de la cama, para ahogar nuestras lágrimas, mientras en nuestra mente repasamos una y otra vez las razones por las que queremos seguir aquí, sin ser capaces de verlas. A veces uno se plantea si realmente tiene futuro, si podrá aguantar hasta que esté llegue, si tendrá suficientes fuerzas para alcanzarlo. A veces uno se pregunta porque el puente está tan lejos, y porque tirarse da tanto miedo. A veces uno se pregunta porque nació tan cobarde, porque sigue, porque no encuentra el valor para rendirse, si realmente es lo que su corazón le pide. A veces queremos ocultar la verdad, porque aprendimos a que estar mal, valga la redundancia, está mal.

Como el día y la noche

Soy como soy, aunque aún no sé como es eso. Y es que yo, otra cosa no tendré, pero desequilibrio para dar y tomar. A veces muy feliz y muy bien. A veces muy triste o enfadada y muy mal. A veces muy generosa, a veces muy egoísta. A veces muy ordenada, a veces muy desordenada. A veces muy delicada, a veces muy dura. A veces muy lista, a veces muy idiota. A veces muy sincera, a veces muy mentirosa. Y no varía esto en épocas, meses, semanas o días. No, esto cambia por minutos, horas y segundos. Basta una canción, unas palabras de alguien comprensivo (o alguien borde, según lo que se quiera) y todo cambia.

Soy inestable, de equilibro frágil, tropiezo a cada instante, a veces me levanto rápido, a veces tarde, pero hasta hora, nunca han logrado que no me levante.

¡Qué pérdida de tiempo!

El amor, aquello que las películas, los libros, los programas y los anuncios de la tele nos hacen creer que es bello, perfecto, y que todos podemos llegar a vivirlo. Existir, parece que existe, aunque desde luego no es como lo pintan. Pero no tengo ganas de empezar a ponerme filosóficamente amorosa, al menos por ahora, y voy a pasar a los hechos.

Quisiera contar lo que espero que sea la absurda historia de cómo se pierde el tiempo por, en este caso, un chico, o ¿quién sabe si varios?. Pero como en esta vida loca yo tengo varias vidas cruzadas, no quisiera mezclar este lugar, donde mis dos vidas convergen, con los secretos escondidos de una de ellas. Así que, si alguien le interesa ver como se pierde el tiempo, que comente y me deje un correo/twitter/nick para lechuza y le enviarle el link.